Creo que a mis 35 años, una de las cosas que definitivamente me quedó como materia pendiente es el tema de la paternidad. Tengo por ahí la fuerte convicción que hubiese sido un buen padre.
¿Y por qué no digo que hubiese sido una buena madre?, no lo sé. Sale así. Desde las bromas con Annabelle, con dos de nuestros “hijos”, uno canino y uno felino (en realidad me hago cargo del felino, el canino fue de anterior padre pero yo lo terminé de criar) y mis primeras voluntades de ser “padre” empezaron con ella, aunque desde siempre lo he pensado en ese género y no tiene por qué cambiar ahora.
Realmente, me hubiese gustado en su momento adoptar un chico con Annabelle, creo que el mundo de posibilidades que hubiésemos tenido para él o para ella (ella quería un Facundo y yo una Sofía), sería infinito. Annabelle sería una buena madre y de hecho, aún tiene la posibilidad. Espero que su novia le convenza de hacerlo. Lo hará muy bien.
Cuando conocí a la mujer a la que ligué mis afectos recientemente, me entusiasmé hasta la locura cuando supe que tenía niños y no pocos. “Por fin”, pensé, mis ansias de ser padre se verían realizadas, por fin forraría cuadernos, me darían dolores de cabeza por los gastos del colegio, acudiría a presentaciones escolares y me quedaría cuidándolos en las noches si se enfermaban. “Por fin” pensé. Han pasado muchos meses y estoy cada vez más lejos de hacer la mitad de alguna de las cosas que soñaba. Siendo realista, nada de lo que soñaba con esos niños pasará nunca.
Suspiro.
Es que no basta con las ganas, que un niño o una niña no se crían fácil, por más adoración que sienta por niños ajenos, nunca serán directamente “mis” niños y eso no lo puedo cambiar. Tema aparte es que me siento absolutamente capaz de criar a un chico sola, pero no me termino de animar. Además, no sé como viene la mano con las leyes aquí, no sé si siendo lesbiana me dejarían adoptar sola. Lo dudo mucho y más.
Sin embargo, como las posibilidades nunca están cerradas del todo. El tiempo me compensa no dándome hijos pero sí una ahijada. Mi eterno reclamo que ninguna amiga o familiar cercano me nombró nunca como madrina por fin se vio subsanado. Claro, bajo el esquema tradicional de que las madrinas tienen que tener plata, jamás me iban a escoger (digo, el resto de mortales), porque Lucía me escogió.
Bueno, no me escogió a mí exactamente, soy parte de un “combo” de madrinas que pronto nos haremos cargo de Luciana, hija de Lucía, que pasará a ser parte de nuestras vidas en muy corto tiempo, apenas yo vuelva a Lima y las cuatro coordinemos agendas y horarios lo será. No es que seamos ejecutivas ni mucho menos, pero la nena no sé si fue suerte o qué fue, pero le tocó: Una madrina estadística y docente universitaria, una madrina economista y consultora medioambiental, otro madrina estadística y también consultora medioambiental y yo que soy socióloga consultora y de ambiente (jajaja, no podía comerme ese chiste), bueno, ahora devenida en consultora/profesora y cabinera en tierras cusquenses.
En fin, creo que Luciana sin saberlo recogerá la siembra de lo que soñé para Sofía, para Facundo y para Manu, para Feli y para Lucas. Le compraré colores cuando me quede sin sencillo y se los enviaré por correo desde cualquier lugar en el que esté, me detendré en las calles cuando vea algo de su color preferido sólo para comprárselo. Le preguntaré cuáles son sus personajes favoritos y le compraré stickers en cada viaje. Me comeré una cajita feliz cuando esté lejos sólo para llevarle el juguete de regalo.
Tengo muchas ganas de que un niño me espere sonriente cada que llegue cansada de trabajar; quiero contarle cuentos antes de dormir no para que se duerma sino para que se le despierte la imaginación, quiero un dibujito de mí para el día del padre alternativo (léase lesbiana con ansías de ser padre), pero creo que para eso tendré que esperar que mi hermano se reproduzca. A Luciana no la puedo ver todos los días, pero cuando esté con ella, cuando pueda verla, recibirá todo el amor del mundo de mi parte. Creo que aprenderá a quererme también.