Como en una película de Fellini. Ayer Ricardito se sentía mal y antes de ir a cenar nos paramos frente a una farmacia de las cadenas “Arcángel”, mientras el nene pedía las mismas pastillas que recomienda Sofi Mulanovich (Apronax, claro), Rolando y yo nos quedamos en la puerta conversando. De pronto, de dentro de la farmacia sale un niño como de doce años cargadísimo de bolsas con medicamentos. Serían cerca de cuatro bolsas con todo tipo de productos, desde pañales hasta pastillas y demás, ya el hecho que saliera de la farmacia tarareando era bastante inusual. Un chico bastante humilde en realidad, con sus yanquis en el frío de Sicuani a esa hora, pero muy contento.
Tarareaba mientras llegaba hasta la calle, siguió tarareando cuando tomaba su bicicleta y acomodaba la mercadería, acto que hizo con toda la paciencia del mundo y en feliz responsabilidad. Se acomodó bien a su bicicleta y cruzó la calle entre decenas de triciclos y mototaxis que son los reyes de las calles de la ciudad. Rolando y yo lo veíamos alejarse y nótese el detalle que nunca dejó de tararear. La melodía no era de ninguna canción conocida, probablemente ni exista la melodía así establecida de manera comercial; pero el niño la hizo tan especial y le oímos hasta por lo menos la mitad de la calle de enfrente cuando se perdió entre la gente.
Mi amigo y yo seguimos la escena sonrientes y con las manos en los bolsillos. Entre la sorpresa y la admiración, la ternura de lo que acabábamos de ver nos dejó breves segundos callados.
Rolando: Parece de una película de Fellini.
Eve: Fellini en su versión andina.
Rolando: … sería Fillini.
Ricardito nos encontró atragantados de risa, carcajadas sinceras y sin ánimo de burla, Rolando es ayacuchano, yo soy limeña pero hija honoraria de varias provincias andinas, ambos queremos y respetamos esta cultura; pero nadie se espera ese tipo de respuestas de Rolo. Por supuesto que las pastillitas nos lo resucitaron por un rato a Ricardo, hoy fuimos todos a por más pastillas; pero al niño de la escena fillinesca no lo vimos más.
Tarareaba mientras llegaba hasta la calle, siguió tarareando cuando tomaba su bicicleta y acomodaba la mercadería, acto que hizo con toda la paciencia del mundo y en feliz responsabilidad. Se acomodó bien a su bicicleta y cruzó la calle entre decenas de triciclos y mototaxis que son los reyes de las calles de la ciudad. Rolando y yo lo veíamos alejarse y nótese el detalle que nunca dejó de tararear. La melodía no era de ninguna canción conocida, probablemente ni exista la melodía así establecida de manera comercial; pero el niño la hizo tan especial y le oímos hasta por lo menos la mitad de la calle de enfrente cuando se perdió entre la gente.
Mi amigo y yo seguimos la escena sonrientes y con las manos en los bolsillos. Entre la sorpresa y la admiración, la ternura de lo que acabábamos de ver nos dejó breves segundos callados.
Rolando: Parece de una película de Fellini.
Eve: Fellini en su versión andina.
Rolando: … sería Fillini.
Ricardito nos encontró atragantados de risa, carcajadas sinceras y sin ánimo de burla, Rolando es ayacuchano, yo soy limeña pero hija honoraria de varias provincias andinas, ambos queremos y respetamos esta cultura; pero nadie se espera ese tipo de respuestas de Rolo. Por supuesto que las pastillitas nos lo resucitaron por un rato a Ricardo, hoy fuimos todos a por más pastillas; pero al niño de la escena fillinesca no lo vimos más.
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