La tarde de ayer sábado ha sido una de las más gloriosas en el mejor sentido bìblico, que me haya tocado vivir. Para los que me conocen y para los que no mucho, es sabido que siempre he querido tener hijitos. Sentirme parte de una familia, cambiar pañales (incluyendo botarlos hasta el tacho más cercano y por el que tuve que averiguar ubicación para gracia del vigilante que me veía pasearme con mi cara de asquito con el pupú de (...) envuelto en un envase de Huggies), jugar a que soy la mamá que atiende a la hija, que la hija dada mi torpeza para con la estabilidad de las cosas se diera cuenta que no soy muy ùtil con esos juegos, si tenìa que sacar algo de la refri de juguete fàcil caìan diez utensilios tamaño uña del espacio en el que recreamos "la cocinita". Fue muy divertido.
Hasta ayudé a preparar biberones, cuidar que (...) no se caiga de la cama con (...) subida en mi espalda. Tomar algunas fotografìas, jugar con (...) al "golpeo tu mano yo primero y de ahì la golpeas tú". Hacer caminar a uno por uno y jugar a las chapadas o a que no nos cruzábamos en el camino. Cenar hasta dos veces, compartir un pollo a la brasa cortando trozos pequeños y... y... todo todito fue muy bueno.
Felicidad total y absoluta, ganas de que esas escenas vividas se repitan muchas muchas veces. Las dos horas casi de camino de vuelta a casa me las pasé en un sueño profundo y con la misma sonrisa que no se me borra hasta ahora (varias horas después) de los labios.
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