domingo, 9 de agosto de 2009

La española

A pocas horas de irme de Puno, leo el blog de Regina, reviso las tiras de Liniers las que tenía un día sin revisar y me provocó escribir alguito. Breve repaso mental: "Que será bueno escribir... que será bueno escribir..." y la imágen de una rubia preciosa, madrileña, piel lo suficientemente linda para no ser transparente (esa blancura mal cocinada de los europeos) y su elocuencia feroz me dan motivos para escribir sobre ella.
Además de todas las horas pasadas en Ormeño, con tres horas de retraso para tomar el bus de Arequipa a Puno y el mal humor que me causaba mi precaria conexión a internet, más esa mujer con frase tan letales como "Hablaremos cuando se de", frase que los impacientes no entendemos; tenía todo enrevesado y andaba de muy mal talante. Muchos españoles camino a Cusco, que era el destino final de ese bus. En fin, salvo tres señoras españolas que andaban rajando de todo, opté por no mirar a la gente y ser una buena geek limitando mi atención a mi mini note.
Algo tan inevitable como un español de casi dos metros tenía que verlo, pasaron tres muy cerca de donde yo estaba pero salvo el gigante que por un momentito cubrió la entrada de la luz no miré más. Ahora me arrepiento porque en ese grupo iba ella.
Subí al busete que menos mal tenía asientos super cómodos, observaba a la gente confundida porque sus boletos no correspondían a las butacas ofrecidas, habían vendido boletos con butacas que no existían, era otro modelo de bus; pequeño caos, yo por eso subo primero a todo, al avión, al bus o a la combi. Trato de tomar el mejor lugar y que no me jodan. Los españolitos subieron casi de último, cuando todo el merecochete estaba armado. Ya la gente había tomado posición y ellos que esperaban viajar juntos se tuvieron que sentar super separados, en lo que quedaba.
Para mi favor.
Ella tenía una butaca individual al frente de la mía, agradezco al extra rubicundo niño que me tocó de compañero de viaje que se adueñara del que en principio era mi lugar original, al lado de la ventana. Una porque ahí daba todo el sol y dos, porque tuve a la guapa española tan cerca tan cerca, que me recordó el cuentito ese de Gabo en "Los cuentos peregrinos" donde narra tal vez su propia historia con una mujer, linda hasta la exageración, compañera de viaje en un vuelo y duermen tan juntos como en una noche de bodas.
Caso similar ocurrió. Ella hablaba y bromeaba a los compañeros. Sacó una laptop y una super cámara fotográfica. Preguntaba cosas en términos técnicos inentendibles sobre las características de las fotos a Aitor (¿Hay nombre más español que ese?) uno de los dos tipos que venía con ella, el otro era el gigante de dos metros que luego supe se llamaba Dani. Renegaba porque no conseguía nada y guardó la tecnología. Una mujer que sabe tanto y maneja tecnología así, tiene lo suficiente para parecerme linda.
Hablaban de la altura, bromeaban mucho, el bus llevaba una media hora de viaje y dice:
Eva (se llama Eva): Aitor... Aitor tío... mira esas montañas de allá... ¡que mires tío!
Aitor: Que pasa...
Eva: Que se me están moviendo ¡que se me están moviendo así! (ademán de plano en 3D rotando con sus manitas), ¿a tí no se te mueven?
Aitor: Pues no.
Eva: A mí se me están moviendo.
Aitor: Pues debe ser que te está afectando la altura tía.
Eva: Si no siento nada, sólo se me están moviendo esas montañas (continuó haciendo el gestito de las manos un rato más)
Yo estaba partida de risa al otro lado, visualmente solo sonreía, interiormente estaba a carcajada limpia. Como explicarle que Aitor tenía razón, además se le veía tan encantadora que no daban ganas de contarle la verdad. Antes de bajarse del bus, Aitor narró el incidente al gigante y se les dio por preguntarle si había visto llamas rosas volando.
La rubia preciosa, durmió buena parte del camino y me limité a observarla. Se veía hermosa hasta durmiendo.
Al llegar, cancherísima ella, pretendía bajar del bus solo con un polito delgado manga larga ¡en Puno y ya de noche!, todas mis timideces se fueron al cuerno, lo que quise hacer todo el camino tuve que harcerlo ipso pucho. No, no le dije lo linda que era. Le dije que se abrigase bien, que si podía abrigarse la cabeza mejor, que lleguen a su hotel tomen un mate de coca y descansen por lo menos una hora antes de ponerse a hacer algo y huí. Ella y Aitor tenían muchas preguntas más que contesté desde el final del pasillo. Entonces, me volví hasta su asiento y me le acerqué para decirle bajito que sí, que fue el soroche el que hacía que se le muevan así las montañas (e hice el mismo gestito que ella con las manos)
Me dió la sonrisa más tierna del mundo.
Retomé huída. Bajo los agradecimientos de Aitor y un gracias bajito de ella porque con la sonrisa que tenía no le salió uno más grande.

1 comentario:

Pati Difusa dijo...

algo tienen las españolas. yo, en madrid, me enamoraba de todas pero todas.